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Escudo de la Hermandad.

 Según recoge nuestras reglas, el escudo de esta Hermandad y Cofradía se compone de la Cruz de la Orden Militar de San Juan de Jerusalén, también conocida como de Malta, bajo cuya dominación se encontró la villa de Lora desde que el Rey Santo, Fernando III de Castilla la conquistara en 1247, quién se la donó en agradecimiento a su contribución en la rendición de la misma a los caballeros de la Orden.        

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Detalle del escudo en la vara de Hermano Mayor

 

Con estos territorios la Orden organizó un pequeño 'señorío' que acabó configurándose en una 'bailía' y varias encomiendas, cuya capitalidad residía en la villa de Lora, jurídicamente establecida en la 'Carta Puebla' de 1259. La villa de Lora se mantendrá bajo la tutela de la Orden de San Juan hasta la desamortización del siglo XIX, es decir, a lo largo de seis siglos.

La Cruz, símbolo propio de la Orden, consta de cuatro cabezas de flechas, unidas en un punto central común y que suman  ocho puntos, los cuales representan la regeneración, las ocho bienaventuranzas y las ocho lenguas que se hablaban en los territorios en los que estaba presente la Orden de San Juan.      

 

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Detalle del escudo en el estandarte

La Cruz, en blanco, va dentro de un óvalo cuyo fondo es de color rojo carmesí. Entre la Cruz y el borde del óvalo, en la parte inferior izquierda aparece en color oro, una rama de  olivo simbolizando la Paz. Jesucristo entró en Jerusalén y fue recibido con palmas y ramos de olivos; desde ese momento, los primitivos cristianos tomaron al olivo como uno de sus    principales símbolos religiosos, el cual continúa siendo hoy, junto a la paloma, el emblema  universal de la paz.                                    

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Detalle del escudo en el Libro de Reglas

En la parte inferior derecha, aparece también en color oro, una rama de palmera como se nos describe en Jn. 12, 12-19:

         “Al día siguiente, la gente que había ido a la fiesta, al oir que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramos de palmas y salieron a su encuentro, gritando:<< ¡Viva! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡El Rey de Israel!>>. Y Jesús encontró un asno y se montó en él, según está escrito: No temas, ciudad de Sión; mira, tu rey, viene montado en un asno.

            Los discípulos no comprendieron estas cosas entonces; pero cuando Jesús, fue glorificado, se acordaron de que habían sido escritas de él y que así habían ocurrido. Los que estuvieron presentes, cuando llamó a Lázaro del sepulcro y lo resucitó de entre los muertos daban ahora testimonio de ello. Por esto, también la gente le salió al encuentro, pues se habían enterado de que había echo este milagro. Los fariseos se dijeron:<< Veis que no adelantamos nada. Mirad cómo todo el mundo se va detrás de él>>.”