
Nuestro Señor Jesucristo en su Entrada en Jerusalén
La talla de Nuestro Sagrado Titular es obra del imaginero loreño Juan Antonio González García, más conocido como Juan Ventura, quien se formara con el maestro de maestros Francisco Buiza Fernández.
La Imagen fue realizada en madera de cedro policromada, en el año 1990 por encargo de nuestra Hermandad. Su figura es articulada, por lo que permite presentarse tanto de pie como a lomos del pollino, siempre en actitud de Bendición. La maestría con que Juan Ventura resuelve su rostro se ve reflejada en las muchas lecturas que de sus rasgos faciales podemos hacer.
En un barroco muy personal, se nos presenta a Cristo con un rostro sereno y reflexivo. De su mirada, franca y profunda, emana cierta tensión provocada por el momento que iba a acontecer: el Señor era recibido por los moradores de la tumultuosa Jerusalén; era ya patente el desenlace de su vida terrenal y el cumplimiento de la palabra de Dios. En tal circunstancia, la gubia de Juan Ventura dota a Nuestro Sagrado Titular de una presencia nayestática aunque sobria. Su boca entreabierta conjuga la emoción contenida en la expresividad de quien parece se dispone a hablar al pueblo que tiene ante Él.
Muy del gusto del imaginero son los ojos almendrados, además de los cabellos y barbas, estos últimos solucionados con destrezas para portar dinamismo a tan noble talla.
Sin duda, se trata de una Imagen muy significativa en la carrera artística de Juan Ventura y en la vida religiosa de sus paisanos loreños.
María Santísima de la Paz.
De la misma gubia, Juan Ventura, y en 1990, nace Nuestra Sagrada Titular, María Santísima de la Paz.
No son muchas las ocasiones en las que una advocación mariana se ajusta tan debidamente a la iconografía de la Dolorosa que porta el nombre. Hacemos esta asignación basándonos en el piadoso y melancólico rostro de nuestra Virgen.
Su Imagen, también tallada en madera de cedro policromada y a tamaño natural, poseía originalmente una encarnadura más clara que, unida a su juventud, nos recuerda a las Dolorosas conventuales del siglo XVIII.
Enmarcado en un óvalo facial tradicionalmente vinculado a la iconografía hispalense, podemos admirar un eje ojos – nariz – boca resuelto con maestría. Las cejas levemente entornadas dejan al descubierto una mirada desgarrada, vencida, aunque sosegada, mostrando quizás un duelo agotador o unas circunstancias dolorosamente asumidas.
María Santísima de la Paz, de naturalidad extrema, mira ensimismada y alicaída, mientras tres lágrimas han comenzado a recorrer sus mejillas. No se trata de un sollozo, sino de un llanto contenido, apenas iniciado. El perfil dramático reside en sus manos, cuyos dedos se contraen y rinden a tan crueles acontecimientos.
El imaginero Juan Ventura capta en estado puro el sentimiento de una Madre que anhela la Paz de Su Hijo, Su Paz Interior, …, la Paz del Mundo.
Alberto J. Fuentes Ruiz, Licenciado en Historia del Arte.
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